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Vivencia de un sueño

Es dura la tierra bajo mis pies.
Es liviano el polvo por el camino.

Voy caminando con la vista fija
en un horizonte claro y nítido
en el que se recorta la silueta
de un edificio enorme.
Antiguo,
majestuoso, ruinoso, pero, un tanto altivo,
y del mismo color de la tierra.

Mis zapatos están del color del polvo
que voy levantando al arrastrar
mis cansados y ya ancianos pies,
que no quieren parar
porque esta silueta es para mí un imán.

¡Es un imán que me atrajo siempre!
Hay veces en las que creo que
detrás de esos gigantescos muros,
-dentro de los cuales nunca he mirado-
se esconde algo de mi pasado,
de mi ancestral memoria, y que yo
nunca llegué a poder discernir
aunque sinceramente, más y más veces
he meditado sobre este tema,
pero que, cobardemente, siempre
he terminado apartándolo de mi consideración
con la excusa de ¡Qué tontería!
Cuando la realidad era que
me sentía incapaz de profundizar en esto.

Lo que no hay duda es de que esta tierra, dura
como la gente que la habita,
y este clima rudo como el valle
donde ahora me encuentro, es parte de mi historia.
Una historia breve, pero
muy profundamente arraigada a mi ser.

Aquí nací y viví hasta los ocho años.

¡Qué corto periodo! ¿Verdad?

¿Como es posible que tan corto periodo
y a una edad tan temprana
deje semejante huella en una vida?

Llegado a los pies de la gran construcción
y fatigado por el caminar,
me siento sobre una de las viejas piedras.
La banda sonora de los cencerros
y el balar de un cercano rebaño de ovejas
me harmoniza el ambiente bucólico,
al mismo tiempo que unas palomas
que buscan los insectos primaverales vuelan casi a ras del suelo.

Y yo, apoyado de espaldas a la pared, quedo
-sin percatarme- profundamente dormido.

EL SUEÑO:

\»Puedo contemplar un arroyo limpio y cantarín
que corre más abajo del lugar en que me encuentro.
En la ribera del arroyo crecen, la juncia y
los juncos, así como gran cantidad
de yerba de un lujurioso verdor
protegido por la sombra de unos álamos
que alegran la vista con el balancear
de sus hoja en esmeralda y plata.

¡Olivos! Veo muchos olivos
y pájaros que escapan volando
como espantados por algo, o por alguien.
En esos momentos y desconcertado,
intento agudizar mis sentidos,
pero el sonido de un disparo
me hace temblar.

Siento una voz que grita:

  • ¡Padre!
    Y el eco, repitió el grito de almena en almena
    y se extendió por todo el valle.

Volví a escuchar otra voz:
-Por allí, por la cerca ¡Que escapa!

Suena un segundo disparo
y todo queda en un inmenso silencio.

Los chopos continuaron filtrando
el aire que les arrancaba su melodía,
pero que ahora era triste.

Cada olivo, era como una espadaña
de la que pendía una campana
doblando a muerte.

Las palomas volaron alto,
por encima de la torre del homenaje.

El arroyo pareció teñir de rojo el azogue de su espejo
mientras arrastraba una especie de cantinela
en un tono melancólico.

¿Quién ha cerrado esta puerta
que ya no la puedo abrir?

¿Quién te ha vestido de muerte
al empezar a vivir?

¿Quién bordará mi sonrisa
cuando me acuerde de ti?

¿Quién lavará este pañuelo
de lagrimas que vertí
cuando añoraba tu cuerpo
-tallo de nardo y jazmín-

Y vi, la silueta de un padre llorando
bojo un olivo mientras escuchaba el cantar del agua.
Quise tocarlo sobre el hombro
para consolarlo, mas no me fue posible.
Mi mano voló sola atravesando lo inmaterial.

¡Qué dolor de alma debía sentir!

Entonces llego el hijo, y ambos se abrazaron.
El padre, pasando a su hijo un brazo por los hombros,
lo condujo dentro del edificio al tiempo
que unas pesadas puertas se cerraban.

Recostado contra un chopo, un recitador ambulante
declamaba con voz de madre doliente.

¡Hijo! Yo, te vi nacer.
Tu padre te vio morir.
El cielo tu tumba fue
y nada tengo de ti.

¿Por qué pintaron mi casa
del color de los agravios
despojándome la boca
del soporte de tus labios?

Secaron mi fuente viva
y mi entraña han desgarrado.
Las dos rosas de mi vida
dos muertes han levantado\».

LA REALIDAD

Me desperté sobresaltado al escuchar
un revolotear de palomas
espantadas por la llegada de un cordero
perteneciente al rebaño que escuché al llegar.

El pastor, me saludo de lejos alzando la mano.
Yo respondí aturdido aun a consecuencia
de aquel sueño, pero también un tanto chocado
por el cambio a la realidad.

Los álamos ya no existen.
El arroyo es una especie de cloaca
donde desembocan los colectores
del pueblo, y el idílico paisaje,
es una especie de páramo sin cuidar.

Solo la estructura de la gran mole
arquitectónica continúa mal que bien,
manteniéndose en pies y desafiando
a las soñadoras mentes que la contemplan.

Yo, sentí la curiosidad de entrar y mirar,
pero me encontré con un cierre que
prohibía el paso. Suspire aliviado,
porque en mi interior, sentía
la misma cobardía de siempre,
y sin volver la cabeza, me fui alejando.

Ahora solo de lejos lo contemplo,
como máximo, me atrevo a disparar alguna fotografía.

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