El fin de una encina

Es la loma tendida donde moran
las encinas ya viejas y aguerridas,
el médico que cura sus heridas,
y lame las resinas cuando lloran.

El camino que siempre perezoso
se extiende, hasta tocar el firmamento,
es el dedo, de un dios que con portento,
lo toca con un gesto primoroso.

Y el rayo puntiagudo que señala
al sitio donde empezará el infierno,
sin pensarlo dos veces, tira el dardo.

El angel Lucifer levanta un ala.
Y con gesto malevolo de averno,
lo aventa sin piedad, y en plan gallardo.