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¿Por qué seré así?

¡Buscadme hermanos donde no esté el ruin!
¡Con los que tienen corazón abierto!
Que viven del trabajo ¡No del cuento!
Los amigos de Abel: no los de Caín.

Adentrado en un bosque sin confín,
donde las frondas dejan sus lamentos;
caminaré, con más o menos tiento,
cual si fuese, de amores un jardín.

Y yo, indagaré como el que busca oro,
la gran verdad del alma transparente;
escondida, en el fondo del decoro.

Pero en mi ser de eterno penitente,
yo, guardo lo preciado del tesoro;
deshojando, pasados inclementes.

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A la Chiquinina

A LA “CHIQUININA”
(Nuestra Señora de Gracia de Alcantarilla, Belalcázar)
Le estoy haciendo a mi Virgen
que es su fiesta en primavera,
un refajillo bordado
con la escarcha mañanera,
y del rocío temprano,
una corona de perlas.

¡Madre, pídele a tu niño
que deje abierto el sagrario,
que traigo el corazón sucio
y no sé como limpiarlo!

¡Qué guapa que está mi Virgen!
Allí, en su ermita campera
rezando como pastora,
con corona de princesa
sobre la cumbre del cerro
que domina la dehesa.

Lleva un pesado rosario.
Muy largo, pero sin cuentas,
con los pecados que hacemos
y que cargamos sobre ella.

Divina Pastora,
mira a tus corderos
que imploran humildes
el perdón del cielo.

Llega de nuevo el abril.
Visten de color los prados.
Encinas y más encinas
cubren a un pueblo acampado
en una estampa festiva
de devotos esperando.

¡Del pueblo de Belalcázar
su día más deseado!

Lucero en el cielo
y lirio en el río.
Caliéntame el alma
porque tiene frío.

Duro el camino de piedras.
Más pesado aún, con el barro.
Por manda o por devoción
este camino, hay que andarlo.
Entre cantos y entre rezos
parecerá menos lago.
Después, el paso del río
escoltados por caballos.
Entre vítores y cintas
los carros enjaezados,
llevan de hinojo el perfume
con el romero mezclado.

¡Descansemos en “las lastras”.
Se reza, y luego… comamos!
Y sigamos el camino,
que el niño de la pastora
se ha dormido entre sus brazos
y en las Piedras de San Pedro
tendremos que despertarlo,
para que brille en la entrada
como un manojo de rayos.

Se enciende la noche oscura
entre cohetes y fuegos.
Las antorchas iluminan
al paso de los romeros.
Y la pastora Divina
en ombros de costaleros,
al clamor de ¡Chiquinina!
es paseada en el pueblo
mecida con elegancia
hasta su entrada en el templo.

¡Sálvanos Pastora
de males y duelos!
Cubre con tu manto
tu devoto pueblo.

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Mariposicidio

En un bello y verde prado
había una mariposa,
que vivía en un rosal,
en un hueco protegido
al cobijo de una rosa.
La flor de color rubí,
lucía en su tallo ufana,
con su embriagador aroma
desde que salía el sol,
hasta que volvía a ocultarse
con el caer de la tarde
tras una cercana loma.
La sencilla mariposa
de nacarado blancor,
traía polen de lavanda,
y con delicado vuelo
armonioso y elegante,
lo ponía sobre la flor.
Así pasaban los días
en un cándido romance,
que no percata malicia,
que da lo que tiene y basta
sin querer medir su alcance.
En una alegre mañana
en la que se alzaba el sol,
se alejó la mariposa
para recolectar polen,
y con el amor de siempre
ofrecérselo a su flor.
La infeliz en su alegría,
volaba despreocupada
del peligro que la vida
como a todo ser que es bueno
para ella reservaba.
Correteando por el prado
un niño jugueteaba
con un cazamariposas,
y con aquel artefacto,
cazó, sin tener escrúpulo,
y luego sacrificó
a la amante de la rosa.
La flor al llegar la tarde
y ver que su amor faltaba,
vertió su más rojo llanto,
y empezó a desvanecer
transida y desconsolada.
Y al llegar la mañana,
se encontró junto al rosal
unas cuantas hojas muertas,
macilentas y arrugadas.
Secas de tanto llorar.