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En el espejo del sueño

En el espejo del sueño
duermen todas las pupilas.
Aquellas que están sin dueño.
Azules, negras, trigueñas,
y esas de color etéreo
que te escrutan las entrañas.

¿Por qué vienes a buscarme
sin un motivo concreto?
Tu sabes que en las distancias
se ven los sueños más bellos.

Sobre los hombros del aire
un niño se está meciendo,
y San Cristobal, sujeta
en sus ojos dos luceros.
En las veletas se secan
ristras de rojos pimientos
mientras cantan un tedeum
las clarisas del convento.

¿Aún te encuentras aquí
colgada sobre la nada?
Yo me esconderé en los mares,
y dejaré mis pupilas
que el sueño las pula, al aire.

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Mil, y una…

Gritaban mil amazonas
en caballos desbocados,
que un terrateniente muere
sobre un camino enfangado.

Y un cadalso, se recorta
en un cielo acarminado,
de donde un obrero pende
y al viento balanceado.

Maldigo el flujo granate
que los campos inundaron
maculando sementeras
con surcos de mil arados.

Y maldigo aquellas celdas,
con presos encadenados
que no han podido sembrar
lo campos de ellos labrados.

Mil humildes golondrinas
han abandonado el campo
camuflándose enlutadas,
y lloran junto al cadalso.

He colgado mil crespones,
y enciendo mil candelabros
preparando el velatorio.
Y cubro con hojas muertas
los campos decapitados.

Y en la prensa sale escrito
un corto comunicado:

“Fue del bárbaro de Aníbal,
la degollina sangrienta
de aquellos ajornalados”.

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Romance de mi origen

Vengo de los dulces montes
donde crecen las sonrisas
-pudiendo soñar despierto-
¡Oh, que bellas margaritas!

Allí, la luna en su alcoba,
mira montañas lejanas
y matiza en finos tonos
los brillos de claras aguas.

Y yo, bajo su ventana,
contemplo difusas luces
de un pueblo en la lontananza
y que la noche ha vestido,
de una tunica escarlata.

¡Señores, yo soy de arriba!
Donde nacen los amores.
Donde el público es alado
y los poetas son flores.

Una abeja, aplaude el verso
de una margarita agreste,
y un abejaruco tiembla
con los de un lirio silvestre.

Qué bello, y cuanta harmonía.
¡Es un bacanal campestre!

El viento escribe el romance
que viven, la madreselva
y el fino galán de noche,
junto al quicio de una puerta.

Y yo, recojo los versos
y los meto en una cesta.

¡Por Dios, que nadie los toque,
que son mi única riqueza!