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El romance de las Doncellas

Por un estrecho sendero
que desciende de la sierra
hacia un rumoroso río
de corriente impetuosa
que pone verde la tierra,
caminaban dos doncellas,
de las que el corazón abren
por su grácil caminar
alegría de semblante
y ser en extremo bellas.

Divagaban entre risas
de amores y fantasías
sueños de romanticismo,
de galantes caballeros
y retazos de poesía:

– Vendrá sobre un corcel blanco
– decía la más pequeña
con reluciente armadura,
vistiendo cota de malla
y con presteza y amor,
me besará con dulzura.

– Pues el mío, vendrá con séquito
– le respondía la segunda
– lo escoltarán sus lacayos
por un hermoso camino
amplio, bordeado de flores,
y que llegando a mi altura,
descenderá del caballo
para pedirme ardoroso
que le ceda mis amores.

Hablando así caminaban
animadas y felices
hasta llegar junto al agua,
allí donde el chopo reina
entre los verdes mimbreras
y las floridas adelfas.
En un tranquilo remanso
donde se miran las flores
y el paisaje se dibuja
entremezclando colores,
se bañaban las muchachas
en un día caluroso
soñando con sus amores.

Pero es de todos sabido
cuan ingrata es esta vida,
que primero da la miel,
y antes de saborearla
estando aun en los labios
puede transformarla en hiel.
Cautivas por unos hombres
de los que turbantes llevan
a los que aquí les llaman moros
por no ser de los cristianos
y porque de África llegan.

A Córdoba las llevaron
donde el Califa gobierna,
para un harén que construye
en una nueva ciudad,
justo a los pies de la sierra
y donde el lujo, el fasto,
la opulencia y despilfarro
se enarbola por bandera,
pero que a los sentimientos
no pueden poner fronteras,
que aunque la cárcel sea de oro
y la cadena de perlas,
será por siempre una cárcel,
y por siempre una cadena,
que no dará nunca gloria,
más dolor, quebranto y pena.

En esa jaula dorada
se consumen las hermanas,
soñando felices días
en que libres y lozanas,
después de hacer sus faenas,
hasta el río se acercaban,
por el estrecho sendero
que desde la sierra baja
contando sus bellos sueños
para bañarse en el agua
donde el cielo se miraba.

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¿Por qué seré así?

¡Buscadme hermanos donde no esté el ruin!
¡Con los que tienen corazón abierto!
Que viven del trabajo ¡No del cuento!
Los amigos de Abel: no los de Caín.

Adentrado en un bosque sin confín,
donde las frondas dejan sus lamentos;
caminaré, con más o menos tiento,
cual si fuese, de amores un jardín.

Y yo, indagaré como el que busca oro,
la gran verdad del alma transparente;
escondida, en el fondo del decoro.

Pero en mi ser de eterno penitente,
yo, guardo lo preciado del tesoro;
deshojando, pasados inclementes.